Se han acabado las páginas de papel couché donde la presidenta enseñaba la casa llena de lujos, los bautizos con el padrino ofreciendo cava en cucharilla de plata al bebé, ante la sonrisa meliflua del cura tozudo, las hordas de primos mal avenidos chupando a diestro y siniestro por los despachos de la empresa familiar. Su asistencia a los actos de la prelatura del Opus Dei a Torreciudad, las mujeres con la cabeza cubierta por una pudorosa mantellina negra, ya no tendrá ningún tipo de trascendencia, tampoco los encuentros espirituales en la torre de Castelldaura, en Premià de Dalt. Lo explicaba muy bien Vicente Blasco Ibáñez: existe en Cataluña un fabricante de champán español denominado Codorníu, y a pesar de que su vino no es malo, los burlones europeos joden al compararlo con el champagne legítimo, haciendo de este producto un símbolo de todo aquello que no pasa de ser una imitación más o menos grotesca. Un escritor mediocre, era un Víctor Hugo Codorníu, un mal general era un Napoleón Codorníu y al grande protector de la empresa, Alfonso XIII, se lo conocía cómo lo Kaiser Codorníu.
Se han acabado las páginas de papel couché donde la presidenta enseñaba la casa llena de lujos, los bautizos con el padrino ofreciendo cava en cucharilla de plata al bebé, ante la sonrisa meliflua del cura tozudo, las hordas de primos mal avenidos chupando a diestro y siniestro por los despachos de la empresa familiar. Su asistencia a los actos de la prelatura del Opus Dei a Torreciudad, las mujeres con la cabeza cubierta por una pudorosa mantellina negra, ya no tendrá ningún tipo de trascendencia, tampoco los encuentros espirituales en la torre de Castelldaura, en Premià de Dalt. Lo explicaba muy bien Vicente Blasco Ibáñez: existe en Cataluña un fabricante de champán español denominado Codorníu, y a pesar de que su vino no es malo, los burlones europeos joden al compararlo con el champagne legítimo, haciendo de este producto un símbolo de todo aquello que no pasa de ser una imitación más o menos grotesca. Un escritor mediocre, era un Víctor Hugo Codorníu, un mal general era un Napoleón Codorníu y al grande protector de la empresa, Alfonso XIII, se lo conocía cómo lo Kaiser Codorníu. Este primer caso de «La psicóloga del Born» retrata cómo el sector del cava catalán, que en otro tiempo era símbolo de éxito, identidad y orgullo industrial, ha ido perdiendo el alma y el control ante los grandes grupos empresariales y las presiones del mercado global. Con la entrada de capitales extranjeros, las cooperativas y los pequeños productores quedaron relegados. Lo que antes era una expresión de la tierra y del trabajo artesano hoy es una marca desarraigada, vacía de significado y sometida a la lógica del beneficio. La historia es también, una metáfora de cómo la economía catalana, el país e incluso su identidad colectiva, se ha vendido a pedazos substituyendo el orgullo y la calidad por volumen y rentabilidad. Una elegía sobre la pérdida –del nombre, de la esencia y del sentido de aquello que antes hacía diferente a Cataluña.




















